El gas natural es una fuente de energía fósil que se encuentra en yacimientos subterráneos. Está compuesto principalmente por metano y se extrae mediante perforaciones en el terreno. Una vez extraído, se transporta a través de gasoductos en estado gaseoso, o se reduce su temperatura a -161ºC para convertirlo en gas natural licuado (GNL), lo que reduce su volumen y facilita su transporte por barco.
Este combustible se utiliza ampliamente en hogares, industrias y centrales eléctricas. En casa, sirve para cocinar, calentar agua y climatizar espacios. En la industria, se emplea como fuente de calor y como materia prima en procesos químicos. También se usa en la generación de electricidad, ya que permite producir energía de forma rápida y con menores emisiones de CO₂ que otros combustibles fósiles como el carbón o el petróleo en centrales de ciclo combinado.
En el ámbito del transporte, el gas natural se presenta como una alternativa más limpia frente a los combustibles tradicionales. Vehículos que funcionan con gas natural comprimido (GNC) o gas natural licuado (GNL) emiten menos contaminantes locales, como óxidos de nitrógeno y partículas, lo que contribuye a mejorar la calidad del aire en las ciudades.
Aunque el gas natural no es una fuente renovable, su uso puede desempeñar un papel importante en la transición energética. Gracias a sus menores emisiones, puede actuar como combustible de apoyo mientras se desarrollan y expanden las energías renovables como la solar, la eólica o la hidráulica. En este contexto, el gas natural puede ayudar a garantizar el suministro energético en momentos en que las fuentes renovables no son suficientes, como en días sin viento o con poca luz solar.
